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Maleza y cemento

Las casas cada vez más perdidas entre la maleza.   El recuerdo se resiste a caer en el olvido, pero es cuestión de tiempo.   La manigua lentamente hace lo suyo. Entra por la ventana, la puerta, las habitaciones, las cocinas, por todas partes.   El olvido llegará cuando el monte se trague los restos.   Es una pena.   
 
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Mampuján y sus habitantes no pensaban que el asunto llegaría a tocar las puertas de sus casas.   Nadie, como es habitual en Colombia, se toma en serio el mal del otro.  
 
La desgracia es siempre ajena y es solo tuya porque nadie te va a mirar cuando la sufras.  Las 180 familias de Mampuján, Bolívar, al norte de Colombia, aprendieron la lección. El infierno paramilitar rondaba por la región, lentamente, seguro, ganaba terreno y devoraba todo lo que se le ponía en el frente.  Las poblaciones aledañas  cayeron una a una y Mampuján, finalmente, le llegó el turno en la lista del horror.  Cuando llegaron a sus puertas los sacaron a todos, saquearon sus hogares y con fuego  acabaron con las ilusiones.   
 
 
Dice el fotógrafo que hubo un milagro ese día. Que cuando tenían la boca de los fusiles en sus caras chorros de luces multicolores inundaron el cielo, y, por alguna extraña razón, el jefe paramilitar les dio la orden de correr monte adentro.
 
Ese día mataron a 15 campesinos.  El resto se convirtieron en cifras.  Hoy los 1500 habitantes de Mampuján hacen parte de la insensible estadística del desplazamiento en Colombia.
 
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Los colombianos aprendimos la geografía como lo hace ahora México.  Con la masacre de turno. 
Nos enseñaron a matarnos, a comernos vivos, a no sentir el dolor ajeno, a mirar a otro lado, y a cambio les dimos el país.  
 
Mampuján se resiste al olvido, ya no a los paramilitares, no lo hicieron en su momento y ahora les toca limpiar de las ruinas la manigua persistente.   Dejamos pasar de largo horror paramilitar, miramos para otro lado, muertos del susto, bajamos la cabeza y anotamos otro capítulo más en nuestro holocausto macondiano.
 
Juana sonríe con esos dientes blancos.  Negra valiente.  Te haría un hijo, mami, linda.
 
­—Descarado.  Tu ya tienes lo tuyo.
 
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Camina rápida hacía al fondo de la habitación. Abre la ventana.  Y entonces entra un aire nuevo. 
 
Fotografías: José Luis Rodríguez Maldonado. / www.rodriguezjl.com

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