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"Vuelo nocturno" - Cuento de H. A. Calderón

Es de noche y  la costa está a 80 kilómetros.  Abajo, el mar, está tranquilo.  Casi duerme.   El firmamento sigue cerrado. Casi inexpugnable.   
 
Por años, Antoine,  ha piloteado aviones.  Conoce de memoria las rutas del  Cono Sur de América, las cartas de navegación de los cielos del Sahara, y los vuelos por instrumentos sobre el Mediterráneo.  Noches así han sido muchas.   Soledad, oscuridad, y el Brrrrrrrr del motor del aeroplano.  
 
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En esas circunstancias no hay mucho que hacer cuando se vuela solo.   En su mano derecha lleva un brazalete en el que labró el nombre de su esposa argentina,  Consuelo.   Cuando termine la guerra espera abrazarla fuerte, ajustándola a su cuerpo.  Tal vez la lleve a cenar.   Le gusta Buenos Aires.   A veces le recuerda a París.  Toma su libreta y apunta  esa idea.  Le gustan  los papeles de colores y hoy lleva unas hojas escritas consigo.     
 
 
Es de noche y la costa está a 80 kilómetros.   El mar está tranquilo.  Casi duerme.  El firmamento es una bóveda que ahora deja entrever, una milla adelante, un retazo de luz lunar.   El Brrrrrrr del motor se apaga seco y un Puck-Puck-Puck retumba en las entrañas de la achacosa  máquina.
 
                         Y
                          fue                                                             
                              cayendo  
 
La aguja del altímetro marca un inevitable descenso.   Según sus cálculos alcanzará a planear unos minutos.  Podría probar todo lo que le enseñaron en la academia pero pueden más las certezas de la experiencia.  Se le fue media vida en los cielos y hoy, a sus 44 años,  sabe que será su último vuelo.  
 
La fatalidad pesa como el mármol.  Es fría como la aurora boreal.                                       
 
Es de noche y la costa es inalcanzable.  No vale la pena saltar del avión.   El mar de todas maneras lo hará suyo.   Elige llevar el bimotor hasta el trozo de luz que tiene unos metros al norte.   El fuselaje vibra y la mano derecha que sostiene el timón transmite un temblor que hace oscilar el brazalete.  Consuelo brilla por última vez.  
 
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Es de noche y la costa fue testigo.  El mar, dócil, casi duerme.  El firmamento se ha vuelto a cerrar.  Inexpugnable.  Triste.    
 
Del otro lado del mundo  una mujer presiente el eco glacial del último vuelo.

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