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"Los viajes de la luz" de Héctor Cañón Hurtado: Un viaje hacia los claroscuros de la fiesta de la vida

La obra del poeta Héctor Cañón Hurtado es una de las propuestas más atractivas dentro del panorama actual de la poesía colombiana. Desde hace muchos años su poesía se ha escuchado por las calles, por los parques, por los bares, por los recintos, por los rincones de muchas ciudades latinoamericanas y del mundo. Sus versos han retumbado en las geografías de nuestro continente, en sus montañas, en sus desiertos, en su caminos visibles y en sus senderos secretos. Unos versos que se negaban a detenerse, que insistían en su caminar y que siempre nos dejaban con la ilusión de un nuevo encuentro. Finalmente, para alegría de los amantes de la poesía, aquí los tenemos, en nuestras manos, en este poemario llamado “Los viajes de la luz”.
 
 
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El poemario "Los viajes de la luz" de Héctor Cañón Hurtado
Disponible para descargar al final del este texto

Poesía en voz alta en "Los viajes de la luz"

La poesía, en sus orígenes, cantó la partida y el regreso de los hombres a su tierra natal, la cólera de los guerreros, los triunfos de los héroes y sus derrotas, la subida al Olimpo o el descenso a los infiernos, el amor, las traiciones, el olvido, el dolor, la venganza, la belleza, el encuentro de los cuerpos, la desaparición, cantó al cielo, al mar y a las montañas, a la vida y a la muerte. Y la poesía, sobre todo, se cantó, se declamó en voz alta, porque la poesía era para ser recitada, para ser escuchada, porque la palabra, al ser nombrada, transformaba al mundo.
 
 
Con “Los viajes de la luz” la poesía vuelve a su esencia: el viaje, el tránsito, el movimiento, el permanente caminar, la búsqueda de un rumbo y la necesidad de perderse, la alegría del encuentro y la pesadumbre de encontrar lo que se busca, porque lo importante es la búsqueda. 

HOJA DE VIDA

De niño tuve los ojos grises y espesos
como las viriles nubes que anuncian tempestades
cosas perdidas rodando río abajo sin nostalgia
techos heroicos caídos en el fango
músicas en pueblos de victrolas excitadas
y después un silencio
sin homenajes
demasiado brillante
secando el rastro terco que ha dejado el agua
en las cabezas rapadas de las piedras
en los techos y en el fango
en las pupilas dilatadas de los reyes y los sabios.
Espiaba sin malicia a los adultos,
al idiota y al mendigo,
a una lujuria dócil peinándose al espejo.
De niño mi mirada era de agua
y en sus fugas verticales me miraba
me bañaba
a veces sorprendido
y a veces como anciano
sin saber mi nombre,
los nombres de mañana
casi sin palabras
sin temer a las tareas que siembran el tiempo solapado,
la muerte, la pereza y la arrogancia
entre las cejas, en los mapas de los labios
al margen de los versos tachonados y prohibidos
en los bolsillos reventados de los diarios.
De niño oía la lengua azul del humo,
tan callada,
la entendía, la leía y la hablaba
las volutas sin sentido, los colores,
la distancia como escarcha reventando en el vacío
inacabada
el idioma de las ondas en el agua,
convencido
cuando cae un guijarro al fondo del gran charco
y te quedas a mirarlos.
De niño mi voz era de fuego y como era niño encandilaba.
Ahora de viejo, jugando con ese fuego,
con lo que queda entre las uñas
con la nada
con las palabras esquivas bordeándome los días
no recuerdo exactamente qué soy
o de quién soy.
 
Héctor Cañón Hurtado, poeta y viajero, nos invita a redescubrir el poder de la palabra en su naturaleza más libre, exenta de posturas, de apariencias de intelectualidad, de erudición sin fundamento. Una poesía que nos invita al asombro, a mirar con nuevos ojos el mundo, a vivir el amor o a experimentar el hastío que también forma parte de la vida, de este mundo. Nos invita a la experiencia del dolor, el cual se saborea, se disfruta y se maldice, del cual se escapa con una sonrisa y al que se promete, en silencio, volver.
 
Pero no se trata de una poesía simple, hay en estos poemas una invitación a la complejidad de la experiencia vital, al desgarro que producen, por un lado, los laberintos del mundo exterior, pero también los caminos sin salida de los mundos interiores del poeta. Aquí, sin escrúpulos, el lector se ve empujado a su propia temporada en el infierno. Hay una vocación hacia el descubrimiento de la ambigüedad y su disfrute, hay una provocación hacia el enredo y el tormento, hay un reclamo al lector, por ser lector, al otro, por ser parte de aquello que inspiró el poema, hay una invitación a la liberación. 
 

CUATRO CUARTOS

uno
 
Los días para mí solo
son como gotas de rocío
madrugadores
Son un secreto entre el Universo y yo
Si los cruzas con una rama de su mismo árbol
por el ombligo del que cuelgan sus apacibles frutos
del otro lado del agua apareces tú
 
dos
 
Atraviesas sin vacilar un pasaje blanco en mi mente
Casi al final: el cielo y el desierto se quedan quietos
mientras nos veo en el horizonte sin esperar
 
tres
 
Primero un ratito de hierba
Luego más de una tarde en la arena voluptuosa de tu mirada
el mar siempre
y al fondo un cielo sin misterios
 
cuatro
 
La brisa de la tarde flota en su siesta verde
–antes de emprender el túnel de la noche–
al vaivén de una creciente luna árabe y azul,
las chicharras cantan su plegaria roja
con flautas de bambú que rasgan serenas un agujero en el tiempo
y tú recuestas tu sueño humilde en mi hombro
mientras el cielo regresa
gota a gota
hasta nosotros
y las montañas mismas guardan silencio 

Un viaje en dos itinerarios

Encontramos en esta obra dos itinerarios. El primero, “Los viajes de la luz”, nos recuerda que el hombre se hizo hombre cuando comenzó a caminar el mundo, cuando salió en búsqueda de algo que no podía definir en su interior y que mantenía encendido su deseo de ir más allá. Nos invita al escape de la vida sedentaria, esa que nos adormece y domestica, nos invita a viajar con el cuerpo y también con la mente. Hay en el arrojo del poeta algo que nos lleva a seguirlo en un viaje de iluminación por nuestra América Latina, por alguna ciudad de Europa, de Asia o de África; viaje en el que el paisaje, el cielo, las montañas, las plantas y los animales serán fragmentos de nosotros mismos en ese otro viaje hacia la luz que se forja dentro del ser, un ser dividido, partido en pedazos que se reconstruyen a medida que leemos cada verso. En esa reconstrucción no hay miedo a la contradicción, lo que hoy somos mañana será olvidado, lo que ayer fuimos hoy será negado y recordado.
 
 
Hay otro itinerario, más oscuro, más difícil. “Sólo escribo para no morir y hablo” se sumerge en el dolor, la rabia, la oscuridad, la negación de sí mismo. Son poemas donde el poeta se mira en un espejo roto cuyas astillas son lanzadas al lector. Una poesía que se niega a la complacencia, que se abofetea a sí misma, que abre heridas y no las cierra, que escupe y no se disculpa. Una poesía en la que el poeta nos expone sus entrañas, que también reconocemos como propias. Otro viaje, pero éste es por senderos oscuros, por paisajes que no sonríen, por bosques de árboles podridos, por cuerpos que hemos deseado
pero que ya no queremos a nuestro lado, por amores que nos hacen daño y a quienes hemos hecho daño, por la risa del espanto y del esperpento. Unos versos que se clavan en la herida, versos que sentimos necesarios porque al final nos harán más fuertes. 

KARMA

Es bastante probable que todas las noches de todos los días
cualquier hombre haya sentido como yo
en los campos sudorosos,
en las tenaces luces de la ciudad
asomándose al trayecto del avión,
en la húmeda fertilidad de lo imposible
y en ningún espacio que se pueda precisar,
esta potente tristeza,
esta vasta certeza
de que vamos caminando hacia ningún lugar,
                                                                        escúchame,
vengo de ver llorar a los padres
la muerte de sus hijos
con falible anticipación,
vengo de ver al hermano
esconderle un pedazo de pan a su hermano
en nombre del odio y del amor,
vengo muerto de la risa de la tumba
que guardaba tu nombre
con dos fechas estúpidas entre un guión,
                                            escúchame, Señor Amor, vengo de ti mismo
a revelarte
que hoy todo tiene aliento de tu voz. 

Todo final es un nuevo comienzo

Una vez terminado este recorrido, queremos volver, recomenzar, no nos queremos detener. Queremos ser empujados de nuevo. Queremos volver a leer estos poemas, pero esta vez en voz alta, y recordamos que en sus orígenes la poesía era cantada, declamada, gritada a los cuatro vientos.
 
Este libro se ha escrito durante veinte años, sus versos han recorrido miles de kilómetros. Estos versos son las huellas del recorrido poético y vital de Héctor Cañón Hurtado. El lector tiene en sus manos una poesía decantada que es, finalmente, como el espíritu de su autor: una invitación a la celebración del verso, de la palabra, del viaje, de los claroscuros de la fiesta de la vida.

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