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"Tedio" - Cuento de Néstor Bautista Mancilla

‘El farsante publicó las fotos fabulosas’.

Después de dormir mal, doña Felisa recordaba al despertar unas frases sin sentido, sonoras y, en este caso, dolorosas. Esa noche, como durante las anteriores 23, sus pensamientos solo eran para el marido con el que estuvo durante 20 años.
 
“Ese maldito”.
El día anterior su hija, de 19 años, la había visitado y le mostró fotos de su papá en Cartagena con la nueva novia. Se veía sonriente, abrazando a una mujer de torso juvenil.
 
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Pero como lo suyo eran las frases, no las imágenes, al apagar la alarma a las 5 de la mañana creó esa frase. Muy lejana la época cuando, al despertar, recordaba esos sueños en los que se elevaba desde la terraza de la casa de su abuelita y volaba por encima del barrio San José. Ahora veía letras, frases… otra de las tantas cosas que han cambiado en su vida.
 
Se sentó y miró sus sandalias de lana. Podía hacer lo contrario, pero siempre se levantaba de la cama por el lado izquierdo. Se impulsó con el pie derecho, para hacerle caso a los dichos populares, y vio con desagrado las sandalias de su marido.
 
“Ex marido”.
No se acostumbraba a anteponerle el adjetivo. Cuando consultó el libro de la RAE aprendió que la palabra ex significa ‘Que fue y ha dejado de serlo’ y se identificó con el segundo ejemplo del diccionario: ‘Ex ministro’, ‘ex marido’. Pero se acomodaba más a la segunda definición: ‘Persona que ha dejado de ser cónyuge o pareja sentimental de otra’.
 
 
“Ahora soy la otra”.
Tenía la mirada fija en las sandalias de su ex. Eran de color negro, como todo lo que él compraba para la casa. Sintió un leve impulso por llamarlo a decirle que se le habían quedado. Era tal su costumbre de alistarle las cosas, que se sintió culpable. Recogió las pantuflas.
 
“¡Lo peor para empezar el día!”.
Tenía que agarrar algo que él usaba a diario y la repugnancia era como si recogiera basura con las manos desprotegidas. Las llevó hasta la puerta de la habitación y las dejó listas para botarlas.
 
No había retirado del cuarto principal el reloj que él había comprado, a pesar de que siempre lo odió. Sus manecillas se iluminaban en la oscuridad y eso la desvelaba. Ahora no es solo por la luz, sino por reprocharse que no había sido capaz de descolgarlo.
 
Se quitó la piyama. Se paró frente al espejo y miró detalladamente los ojos rojos por el cansancio y las tres horas interrumpidas que acababa de dormir. Se le habían roto unas venitas. Repasó los surcos del rostro, los normales a sus 55 años… los mismos por los que su esposo la dejó.
 
 

“Ex esposo”.

Se vio las tetas flácidas, los pezones gastados desde cuando le daba de comer a su hija, las caderas cansadas, su estómago y su sexo velludo y olvidado. No resistió verse las estrías en las nalgas, sus muslos sin carne, reconocer la rodilla derecha que le dolía con el frío, los pies velludos y las uñas largas.
 
“¿Pa’qué me arreglo?”.
El largo espejo le desnudó sus dolores, la farsa de su existencia, el desánimo.
Entró a la ducha. Se enjabonó rápido. No aplicó el champú del estuche negro porque no tenía tiempo de lavarse el cabello, aunque en el sifón veía cómo este se amontonaba. No se demoró mucho. Se secó la espalda, las pecas de sus brazos, los rincones de sus arrugas. Recorrió la toalla por la piel… la marca visible de su desdicha.
 
Haberse casado con alguien 10 años menor resultó una alegría cuando su cuerpo era otro; pero ahora no. Esa era su realidad. Lo entendió en esa época, pero se arriesgó y fue feliz por unos años, a pesar de su preocupación por un destino incierto y solitario.
 
Dio tres pasos y se acercó al chifonier. No era difícil escoger su ropa, solo tenía que sacar el uniforme del lunes: una blusa blanca, una chaqueta y un pantalón de color gris con el logo de la empresa: Drogas La Confianza.
 
Y ponerse sus zapatos de plataforma, que no soportaba porque se los dieron con una talla menos.
 
 
“A los 55 años y todavía en uniforme”.
Terminó de alistarse y, como casi siempre, no alcanzó a desayunar. Salió del apartamento en el que vivía desde hace 15 años en arriendo. Nadie la saludó, ni los vigilantes… como si no la vieran, como si no existiera.
 
Caminó hacia la estación de TransMilenio. A las 6:13 de la mañana ya estaba llena de gente. La empujaron. Una mujer le gritó: “quítese que primero salgo”.
“Gracias”.
La mujer no entendió que le agradeció por haberla determinado, porque le habló, porque la miró, de manera extraña, pero al fin y al cabo, la miró a la cara.
 
Ya se sentía cansada y le faltaban 90 minutos para atravesar la ciudad desde la estación del Tintal hasta el Centro Comercial Santafé. Le molestaban los zapatos y nadie le cedía el puesto. Ni el hombre que se hacía el dormido, ni el muchacho de cachucha que con un parlante la irritaba por la música estridente. Intentó cerrar los ojos y descansar; pero tampoco podía descuidar el bolso.
 
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A llegar salió a empellones. Caminó hasta la droguería, dejó el bolso en el mostrador, prendió el computador y abrió el último archivo en Word con el texto que estuvo escribiendo desde el viernes anterior:
Serena xxx xxxxxxx al perecer.
Arrojo mi aliento para terminar:
Retorno a la tumba y sin merecer
Es el ciclo triste y de repetido final.
Lloro, amo, pierdo, vivo, corro, subo.
Al que el viento arrastra en su sentir.
Caminando largas rutas en un devenir.
Subo de a poco por los pisos de tu ser.
Empiezo a recorrerte limpia y sin querer.
 
Para ese lunes lo más importante que tenía en su mente era terminar el texto del acróstico: ESCALERAS. Cazar palabras como las que se le aparecían al despertar; pero nada le salía para quitar esa serie de equis.
 
Abrió la puerta a los clientes. Recetas y más recetas. Gente enferma que tosía, envuelta en bufandas y que no paraba de sonarse. Le daban asco. Recetas y más recetas... unas ilegibles y la mayoría repetidas: ibuprofeno y acetaminofén.
 
“Los médicos no pueden dar más”.
El mismo día de siempre. El mismo tedio. Soportar la espera para que el proceso judicial por su pensión se dé pronto. En su mente la imagen del ex abrazando a otra. Ella encerrada en un local y él disfrutando en la playa.
 
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“Ese maldito”.

Su compañera en la droguería no fue ese día. Tenía que estar pendiente del dinero, la atención, los clientes, sus pensamientos…
 
—Buenas… vengo por este medicamento.
 
La joven se parecía a la de la foto que le mostró su hija en el celular. Quería el purgante Pamoato de 35 mililitros. Doña Felisa buscó en el estante con los medicamentos con la letra Pe. Le timbró el teléfono. Cogió la caja y se la entregó a la clienta mientras la miraba con desdeño y le contestaba a otro cliente que pedía un domicilio: un frasco de Dólex para niños y pastillas para la garganta.
“Hoy no hay domicilios”.
 
La joven mujer salió viendo la bolsa con el nombre de la droguería: La Confianza. Llegó a su casa. La fórmula decía: ‘beber el purgante en una sola toma’. Abrió la caja, destapó el frasco de plástico y pensando en evitar el mal sabor, tragó lo más que pudo aguantando la respiración.
 
Se le quemaron la garganta, la boca… las entrañas. Quería pedir ayuda y no podía respirar. El dolor la tumbó y antes de desmayarse solo alcanzó a ver la cajita: ‘Podofilina. Tratamiento para quitar las verrugas’.
 
Doña Felisa nunca se enteró de su error fatal.  
 

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