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"Mad Men": la grasa de los capitales

Desde su creación, "Mad Men" ha recibido grandes elogios por retratar sin tapujos las formas sutiles en que el sexismo, el racismo, y el alcoholismo indiferente se manifestaban durante los años en que Estados Unidos se pensaba a sí mismo como, nada más que, una colección de núcleos familiares que viven El Sueño Americano, en medio de frondosos suburbios verdes.
 
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Don Draper, protagonista de "Mad Men"

Mad Men: riqueza desmesurada, sexismo y racismo en traje de etiqueta

Sin embargo, este galardón progresista siempre ha fallado en reconocer que las representaciones de sexismo y racismo de "Mad Men", así como los asentimientos ocasionales a la agitación política de la década de 1960, siempre han servido como un decorado, formas superficiales de basar el espectáculo en un cierta época, mientras defiende una ideología mucho menos progresiva: la acumulación irrestricta de riqueza como una actividad que vale la pena. Mad Men es una ventana hacia el alma de la América contemporánea, una sociedad cada vez más corrupta, tan cegada por la idea de que ser rico es una virtud en sí misma, que no puede ver cómo la aceptación generalizada de la avaricia va pudriendo hasta el más mínimo ápice de humanidad.
 

La esquizofrenia del capitalismo moderno

Hay una razón por la cual "Mad Men" ha tenido un impacto tan profundo en el público contemporáneo y no tiene nada que ver con nuestro renovado interés por las corbatas finas y los cócteles de vieja escuela. Mad Men habla de la relación actual de Estados Unidos con el capitalismo y el dinero, una relación que no juzga a las personas sobre cómo ganan dinero, sino que juzga a quienes no tienen dinero en absoluto. Aunque la crítica al falso progresismo de la serie ha sido abundante (quien suscribe acaba de escribir unas líneas para sumarse al deporte), hay un dato gigantesco a favor de Weinner y el equipo detrás y adelante de "Mad Men": quizás podamos leer la serie como un comentario sobre la desigualdad de clases actual, que produce la esquizofrenia del capitalismo moderno.
 
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Dialéctica del dinero y el consumo

Parece claro que la personalidad dividida de Don Draper, su protagonista, se está volviendo cada vez menos funcional, y que tambalea al borde de un quiebre psicótico. Hay una dialéctica constante en cada uno de los nostálgicos fotogramas que remite a la formula dinero + consumo = felicidad. Pero la síntesis en la felicidad es absolutamente imposible, en cada uno de sus perdidos personajes principales, que parecen únicamente mancomunados por una soledad y un tedio igual de insoportables.
 
 
"Mad Men" es también un espejo, un mero accesorio para todos los jóvenes yuppies optimistas del siglo XXI, arribistas algo endebles que persiguen ansiosamente las promesas de los años sesenta: la de la felicidad en la más plena materialidad. En una sociedad que tuvo que exprimir su herencia marcial para seguir adelante, una figura como la de Don Draper, que repetidamente tropezó con su pasado, no tenía lugar.
 
Así como el régimen del capital y su ritmo, no lo tiene para el recuerdo del desamparo y miseria que atormentaba la actualidad de Draper, un alma en perpetua contienda con la política de sosiego e impasibilidad que pareció encontrar su paroxismo en ese maravilloso final donde todo se revela: compenetrado con la belleza y armonía de una naturaleza a la que no se le puede pedir más en absoluto, Draper cierra el telón mostrando sus verdaderas fauces: éste es un hombre que nació para vender. Y como auténtico hombre de negocios, éste es el único módico destino que le espera: ni más, ni menos.
 
A continuación, una selección de las mejores escenas de esta gran serie: "Mad Men".

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